jueves, 26 de junio de 2008

Los abuelos de Jesús


Son Ana y Joaquín. Sobre ellos se acumulan las leyendas y tradiciones, pero la primera tradición, la más valiosa, es esta: que de ambos, una pareja de Nazaret, nació María, la madre de Jesús, la Madre de Dios.


Joaquín trabajaba quizá en el campo, como la mayoría de los hombres, o quizá tenía un oficio. Era el jefe de la familia, y ello significaba que él era el titular de todos los bienes familiares y era también quien tomaba las decisiones, de modo que todos, empezando por su mujer, tenían que obedecerle. Ana, como las demás mujeres, se encargaba de la casa y eso, en aquella época, significaba cosas tan importantes como tejer la ropa, moler y cocer el pan, ir por agua a la fuente, mantener encendida la lámpara de aceite que iluminaba la casa… Es verdad que, en aquella época, las mujeres estaban a merced de sus maridos y eran consideradas en todo inferiores, como un signo visible de eso, podemos recordar que en aquel tiempo las mujeres no se sentaban nunca a la mesa junto con los hombres, sino que se mantenían de pie, sirviéndoles. Pero también es verdad que los maridos necesitaban mucho a sus mujeres, y ello equilibraba un poco la situación.


A buen seguro, la relación de pareja entre Joaquín y Ana, si eran personas deseosas de seguir el camino de Dios, era una relación basada en el amor. Y si tuvieron la hija que tuvieron, podemos pensar que la relación entre ellos funcionaba bien, y en su casa se vivía un ambiente que ayudaba a adoptar buenas actitudes ante la vida.


Y ese ambiente familiar también sería el que se vivía en cuanto a la fe y la fidelidad al Dios de la Alianza. Ambos, Joaquín y Ana, eran creyentes convencidos, que llevaban esa fe y esa fidelidad muy adentro, y eso se notaba en su vida. Ambos. Porque las mujeres, en aquel tiempo, no estaban obligadas a seguir muchas de las normas religiosas: por ejemplo, no estaban obligadas a ir a la sinagoga, ni a decir las oraciones rituales que cada día todo buen israelita recitaba. Pero tampoco lo tenían prohibido: muchas de ellas conocían y vivía muy profundamente la fe de Israel y eran las primeras educadoras de sus hijos e hijas.


Sabemos, ciertamente, que María era de esas mujeres. Y podemos pensar que su madre la había ayudado mucho a ser así. María habría visto que Ana no se limitaba a cumplir las pocas obligaciones que las mujeres tenían en el campo de la fe, sino que la vivía más allá de las obligaciones, como algo propio, profundo, personal, y que viviendo así encontraba alegría y sentido, y había querido ser como ella. Y habría visto también la fidelidad religiosa de su padre Joaquín, y cómo aprobaba el modo de hacer de su mujer Ana.


Joaquín y Ana. Sabemos muy pocas cosas de ellos. Un hombre y una mujer que- en su época, en sus circunstancias, en un momento histórico muy distinto del nuestro- llevaron dentro del corazón la fuerza de la fe, el deseo de la bondad y de la fidelidad, la esperanza de un futuro marcado por el amor de Dios para con todos. Y eso lo vivieron de tal modo que ayudaron a crecer a una hija capaz de ser señal y síntesis de todo lo mejor que la humanidad podría desear.


Santa Ana y San Joaquín
Josep Lligadas