jueves, 11 de septiembre de 2014

sábado, 30 de marzo de 2013

sábado, 2 de marzo de 2013

La Navidad de Francisco




El calendario festivo de la Iglesia no se ha desarrollado primero en atención a la Natividad de Jesús sino a partir de la fe en su resurrección. La fiesta primordial de la cristiandad no es, pues, la Navidad, sino la Pascua. En efecto, solo la resurrección ha fundado la fe cristiana y ha dado origen a la Iglesia. Ser cristianos significa vivir de forma pascual, basados en la resurrección, la misma que se celebra en la fiesta semanal de Pascua, es decir, el domingo.
La fiesta de Navidad, sólo adquirió su forma definida en la cristiandad a partir del siglo IV, cuando desplazó a la fiesta romana del sol invicto y enseñó a entender el nacimiento de Cristo como la victoria de la Luz Verdadera.
Sin embargo, esa especial calidez humana que en la Navidad nos toca tanto que ha llegado a superar ampliamente la Pascua en el corazón de la cristiandad, sólo se desarrolló en la Edad Media. Fue Francisco de Asís el que, a partir de su profundo amor al hombre Jesús, al Dios-con-nosotros, contribuyó desarrollar esta nueva visión.
Lo que motivaba a Francisco era el anhelo de cercanía, de realidad, el deseo de tener una vivencia muy presente de Belén, de experimentar de forma inmediata la alegría del nacimiento del Niño Jesús y de comunicar esa alegría a sus amigos.
Esa celebración nocturna del pesebre ha contribuído decisivamente a que se desarrollara la costumbre navideña más hermosa: la de montar “pesebres”, “belenes” o “nacimientos”.
La noche de la celebración regaló a la cristiandad la fiesta de la Navidad de una forma totalmente nueva, de modo que la afirmación propia de esta fiesta, su especial calidez y humanidad, la humanidad de nuestro Dios, se comunicó a las almas y dio a la fe una dimensión nueva. La fiesta de la resurrección había orientado nuestra mirada hacia el poder de Dios que vence a la muerte y nos enseña a poner nuestras esperanzas en el mundo futuro. Pero ahora se hacía visible el amor indefenso de Dios, su humildad y su bondad, que se exponen a nosotros en medio de este mundo y nos quiere enseñar en su propia manifestación una nueva forma de vivir y de amar.
La nueva dimensión que Francisco ha regalado a la fiesta de Navidad con su fe, penetra el corazón y los sentimientos: el descubrimiento de la revelación Dios contenida precisamente en el Niño Jesús. Justamente así se hizo Dios verdaderamente “Emanuel”, Dios con nosotros, de quien no nos separa barrera alguna de alteza o lejanía; como niño se nos ha hecho tan cercano que, sin temor, podemos tutearlo, tratarlo de TU en la inmediatez del acceso al corazón de niño.
En el Niño Jesús se manifiesta de la forma más patente la indefensión del amor de Dios: Dios viene sin armas porque no quiere conquistar desde lo exterior, sino ganar desde el interior, transformar desde dentro. Si acaso hay algo que puede vencer al hombre, su arrogancia, su violencia y su codicia, es la indefensión del niño. Dios la asumió para sí a fin de vencernos y conducirnos a nosotros mismos.
No olvidemos aquí que el título de mayor dignidad de Jesucristo es el de “Hijo”, Hijo de Dios. La dignidad divina se menciona con una palabra que designa a Jesús como niño perenne. Su infantilidad se encuentra en una singularísima correspondencia con su divinidad, que es la divinidad del “Hijo”. Así, su condición de niño es una indicación del camino por el cual podemos llegar a Dios, a la divinización. Desde allí deben entenderse sus palabras: “Si no cambian y se hacen como niños, no entrarán en el reino de los cielos” (Mt 18, 3).

Quien no haya entendido el misterio de la Navidad no ha entendido lo decisivo de la condición cristiana. Quien no lo haya aceptado, no puede entrar en el reino de los cielos: eso es lo que Francisco quería traer de nuevo a la memoria de la cristiandad de su tiempo y de todo tiempo futuro.

Joseph Ratzinger
Benedicto XVI

domingo, 24 de febrero de 2013

La bendición de la Navidad



“Adviento”: Es una palabra latina que traducimos al español como “presencia, llegada”. En el lenguaje del mundo antiguo, Adviento era un término técnico que servía para designar la llegada de un funcionario, en especial de reyes o emperadores, a alguna zona de provincia. También podía designar la venida de la divinidad, que sale de su ocultamiento y demuestra poderosamente su presencia o cuya presencia es celebrada solemnemente en el culto. Los cristianos asumieron esa palabra para expresar su relación personal con Jesucristo. Para ellos, Cristo es el rey que ha venido a la pobre zona de provincia de la tierra y que regala a la tierra la fiesta de su visita. El es Aquél cuya presencia en la asamblea litúrgica es objeto de su fe. Con la palabra Adviento, los cristianos querían decir, en sentido muy general: Dios está presente. El no se ha retirado del mundo. No nos ha dejado solos. Aún cuando no lo veamos ni podamos tocarlo físicamente como se tocan las cosas, está presente y viene a nosotros de múltiples maneras.

Un elemento fundamental del Adviento es la espera, que es al mismo tiempo esperanza.

El hombre es en su vida un ser que espera. Como niño quiere llegar a ser adulto, como adulto quiere progresar y tener éxito; por fin, anhela el descanso y, finalmente, llega el tiempo en que descubre que ha puesto sus esperanzas en demasiado poca cosa si, más allá de la profesión y de la posición social, no le queda nada más que esperar.

La esperanza cristiana significa que cada momento de la vida tiene su valor; significa que podemos aceptar el presente y que debemos llenarlo porque todo lo que hemos asumido desde nuestro interior tiene permanencia.

El Adviento es también y de manera especial un tiempo de alegría. La alegría de que Dios se ha hecho niño, un niño que nos anima a tener confianza como los niños, a regalar y recibir regalos.

Así la Navidad se convirtió en la fiesta de los regalos, en la que nosotros imitamos al Dios que se regala a sí mismo y que, con ello, nos da nuevamente la vida.



Joseph Ratzinger
Benedicto XVI





domingo, 17 de octubre de 2010

Pensamientos a María Santísima


A Jesús siempre se va y se "vuelve" por María.
San Josémaría Escrivá de Balaguer

A María nuestra Madre, le demostraremos nuestro amor trabajando por su Hijo Jesús, con El y para El.
Madre Teresa de Calcuta

A quien Dios quiere hacer muy santo, lo hace muy devoto de la Virgen María.
San Luis María Grignon de Monfort

Amad, honrad, servid a María.
Procurad hacerla conocer, amar y honrar por los demás.
No sólo no perecerá un hijo que haya honrado a esta Madre, sino que podrá aspirar también a una gran corona en el cielo.
San Juan Bosco

Antes de morir Jesús ofrece al apóstol Juan aquello más precioso que posee: su Madre, María, quien "en los pies de la Cruz, en Juan acoge en su corazón a toda la humanidad".
Juan Pablo II

Comparar su dolor.
Nada hay que se le asemeje.
Es su único hijo, muerto, destrozado por los pecadores.
Y a la vista del cuerpo ensangrentado de su Dios, de las lágrimas de su Madre María, aprendamos a sufrir resignados, aprendamos a consolar a la Ssma. Virgen, llorando nuestros pecados.
Sta Teresa de los Andes

Con la obediencia de María conquistamos nuestra libertad de cristianos.
Miguel de Unamuno

Dios os salve, María, Madre de Dios.
En Vos está y estuvo toda la plenitud de la gracia y todo bien.
San Francisco de Asís

Es casi imposible ir hacia Jesús si no se va por medio de María.
San Juan Bosco

María no es el centro, pero está en el centro!
San Luis María Grignon de Monfort

sábado, 3 de julio de 2010

Así oraba Ghandi


Mi Señor, ayúdame a decir la verdad delante de los fuertes y a no decir mentiras para ganarme el aplauso de los débiles.
Si me das fortuna, no me quites la razón.
Si me das éxito, no me quites la humildad.
Si me das humildad, no me quites la dignidad.

Ayúdame siempre a ver la otra cara de la medalla, no me dejes inculpar de traición a los demás por no pensar igual que yo.

Enséñame a querer a la gente como a mí mismo.

No me dejes caer en el orgullo si triunfo, ni en la desesperación si fracaso. Más bien recuérdame que el fracaso es la experiencia que precede al triunfo.

Enséñame que perdonar es un signo de grandeza y que la venganza en una señal de bajeza.

Si me quitas el éxito, déjame fuerzas para aprender del fracaso.
Si yo ofendiera a la gente, dame valor para disculparme y si la gente me ofende, dame valor para perdonar.

Señor..¡si yo me olvido de ti, nunca te olvides de mí!

domingo, 4 de abril de 2010

Oración al Cristo del Calvario


En esta tarde, Cristo del Calvario,
vine a rogarte por mi carne enferma;
pero, al verte, mis ojos van y vienen
de mi cuerpo a tu cuerpo con vergüenza.

¿Cómo quejarme de mis pies cansados
cuando veo los tuyos destrozados?
¿Cómo mostrarte mis manos vacías,
cuando las tuyas están llenas de heridas?

¿Cómo explicarte a ti mi soledad,
cuando en la cruz alzado y solo estás?
¿Cómo explicarte que no tengo amor,
cuando tienes rasgado el corazón?

Ahora ya no me acuerdo de nada,
huyeron de mí todas mis dolencias.
El ímpetu del ruego que traía,
se me ahoga en la boca pedigüeña.

Y sólo te pido no pedirte nada,
estar aquí, junto a tu imagen muerta,
ir aprendiendo que el dolor es solo
la llave santa de tu santa puerta.

Gabriela Mistral

lunes, 29 de marzo de 2010

Secuencia



Se encontraba la Madre dolorosa junto a la cruz, llorando, en que el Hijo moría, suspendido. Con el alma dolida y suspirando, sumida en la tristeza, que traspasa el acero de una espada. Qué afligida y qué triste se encontraba, de pie aquella bendita Madre del Hijo único de Dios. Cuánto se dolía y padecía esa piadosa Madre, contemplando las penas de su Hijo. ¿A qué hombre no va a hacer llorar, el mirar a la Madre de Cristo en un suplicio tan tremendo? ¿Quién es el que no podrá entristecerse de contemplar tan sólo a esta Madre que sufre con su Hijo? Ella vio a Jesús en los tormentos, sometido al flagelo, por cargar los pecados de su pueblo. Y vio cómo muriendo abandonado, aquél, su dulce Hijo, entregaba su espíritu a los hombres.

Madre, fuente de amor, que yo sienta tu dolor, para que llore contigo. Que arda mi corazón en el amor de Cristo, mi Dios, para que pueda agradarle. Madre santa, imprime fuertemente en mi corazón las llagas de Jesús crucificado. Que yo pueda compartir las penas de tu Hijo, que tanto padeció por mí. Que pueda llorar contigo, condomiéndome de Cristo todo el tiempo de mi vida. Quiero estar a tu lado y asociarme a ti en el llanto, junto a la cruz de tu Hijo. Virgen, la más santa de las vírgenes, no seas dura conmigo: que siempre llore contigo. Que pueda morir con Cristo y participar de su pasión, reviviendo sus dolores. Hiéreme con sus heridas, embriágame con la sangre por él derramada en la cruz. Para que no arda eternamente defiéndeme, Virgen, en el día del juicio.

Jesús, en la hora final, concédeme, por tu madre, la palma de la victoria. Cuando llegue mi muerte, yo te pido, oh Cristo, por tu madre, alcanzar la victoria eterna.

miércoles, 10 de marzo de 2010

Santa Clara: la ternura de Dios


Es propio de la fe hacernos humildes en los sucesos felices e impasibles en los reveses.

Corramos libres y ligeros, sin carga, detrás de Cristo.

Afrontemos las pruebas no sólo con paciencia y valentía, sino también con alegría.

Mira siempre tu punto de partida, retén lo que tienes, y jamás retrocedas.

Recorramos el camino de Cristo con obediencia, pobreza y humildad, las tres actitudes fundamentales en la contemplación del Crucificado.

Tener un corazón de pobre, significa, ni más ni menos, contar sólo con Dios.

Si lloras con El, con El gozarás.

Cristo se hizo pobre, para que los hombres se hicieran en El ricos por la posesión del reino de los cielos.

Dejemos la riquezas temporales, para que podamos entrar en el reino de los cielos por el camino estrecho y la puerta angosta.

Pensamientos

jueves, 25 de febrero de 2010

San Francisco: Santo Patrono


....San Francisco fue un guardián; mantuvo vigilancia sobre todas las criaturas. Su lenguaje utilizó todas las palabras que hablan de amor, de atención, de vigilante preocupación, de ayuda a todo lo que es humano, presencia ante la pena, de ayuda en la adversidad y de compunción. Pero estas palabras constituyeron, al mismo tiempo, acción, puesto que tuvo la presencia y la simpatía, la ternura, el fervor y el fuego ardiente que constituyen la gama íntegra del amor.

Y por esta multitud de humanísimas imágenes, los artistas de todo el mundo se han consagrado fervorosamente a recapturar su forma y su expresión. Su beatitud, su oración y su labor, sus andanzas y sus arrestos, la celda cerrada y el tiempo inclemente. La magia divina esculpió el friso de su vida, ambulatoria y al mismo tiempo fijada a un objetivo. Su ambición, alterada por su pasión, era una y la misma.

San Francisco presenció las luchas de la Edad Media sin contagiarse con su fiebre. Es el vagabundo de todos los senderos de la Umbría; le vemos caminando y vemos todo lo que encuentra en su camino. Aquí dio refugio y consuelo, más allá solucionó conflictos, remedió humanas miserias sin causar humillación; corrigió sin la brusquedad de la llamada "ira santa".

San Francisco era de una sensibilidad extremada. En él, los cinco sentidos eran divinos. Tocaba la carroña sin repulsión; consideraba su igual al de elevada alcurnia y al vulgar; respiraba animosamente los aromas de la Umbría y sin volver la cara se mezclaba con el populacho de la plaza del mercado. Tampoco se airaba ante las bravatas de los poderosos. Y llegaba aún más lejos, aunque ni sus priores ni sus hermanos se lo hubiesen pedido. Cuidaba afectuosamente de animales, aves y plantas. Encontraba la cosa más natural del mundo aproximarse a las bestias salvajes, cuidar de las abejas, amparar al halcón, cantar, sí, cantar, en exquisitos versos latinos al sol, al agua y al fuego y aun alabar aquello que llamamos inanimado, en una especie de amor filial hacia aquel Planeta que consideraba como partícipe de la Divinidad, porque Cristo Nuestro Señor se dignó descender a él para redimirlo primero con su Sangre y luego con su Gracia.


Gabriela Mistral
Discurso de agradecimiento
Premio de las Américas (1950)
Universidad Católica de Washington